Los cañones de Ankara
El Complejo Presidencial de Bestepe, en Ankara, se ha convertido en el epicentro de un terremoto geopolítico que redefine las relaciones de poder en el Viejo Continente. La Cumbre de la OTAN en Turquía, lejos de ser un espacio de consenso defensivo, se manifiesta como el escenario de una descarnada ofensiva imperialista liderada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Bajo una asfixiante presión transatlántica, los líderes europeos asisten a una cita donde se dirimen tanto las amenazas fronterizas y las fracturas internas de la alianza, como la imposición de una economía de guerra global que vacía los presupuestos sociales de los pueblos para engrosar las arcas del Pentágono.
La cumbre arrancó bajo el signo de la imprevisibilidad y la contradicción. Donald Trump, fiel a su enfoque transaccional de la política exterior, sacudió el tablero al declarar su intención de levantar las sanciones a Turquía y venderle aviones de combate furtivos F-35, calificando al gobierno de Recep Tayyip Erdogan como un aliado “extraordinario”. Este movimiento busca no solo aplacar las históricas tensiones con Ankara, sino forzar un alineamiento absoluto en el flanco oriental en medio de las disputas internas de la alianza en torno a la guerra con Irán. El mandatario estadounidense ha criticado con dureza la falta de respaldo unánime de los socios europeos a sus tesis belicistas contra Teherán.
Sin embargo, la diplomacia del dólar y los cazabombarderos ha encontrado una resistencia inmediata en sus propios aliados estratégicos. En una entrevista exclusiva con la cadena estadounidense CNN, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se opuso a la entrega de los F-35 a Turquía, argumentando que esta acción “destruiría el equilibrio de poder en Medio Oriente”, y recordó las declaraciones del canciller turco, Hakan Fidan, quien calificó a Israel como “una carga que la humanidad ya no puede soportar”.
Aunque Netanyahu minimizó sus diferencias con Trump, el choque de intereses evidencia que la arquitectura militar de la OTAN no responde a la seguridad colectiva, sino a una red de preventas y negocios corporativos. Mientras tanto, Netanyahu mantiene bajo reserva su juicio sobre el frágil alto el fuego entre EE.UU. e Irán, que deja intactos los nudos gordianos del programa nuclear y el desarrollo de misiles de la nación persa.
En este tablero de sumisión voluntaria, el caso de Italia resulta emblemático de la encrucijada que vive Europa. La presidenta del Consejo de Ministros, Giorgia Meloni (de extrema derecha), llegó a Ankara en una posición de extrema debilidad política y personal, tras haber sido blanco de las humillaciones públicas de Trump en las redes sociales. El mandatario estadounidense difundió un meme que ridiculizaba a la premier italiana bajo la frase “restraining order needed” (se necesita orden de restricción), desatando una tormenta política en Roma y obligando a la delegación italiana a desplegar una estrategia de «perfil bajo» para evitar cruces directos con el magnate de la Casa Blanca.
Más allá de las baruffas personales, la tragedia real de Italia radica en sus cuentas públicas. Para intentar calmar las exigencias de Washington, el gobierno de Meloni se presenta en la cumbre sbandierando un supuesto récord histórico: una inversión militar equivalente al 2,8% de su Producto Interno Bruto (PIB). Sin embargo, los análisis del Observatorio Milex y el Centro Italiano de Información sobre el Desarme (CILD) desvelan un gigantesco «truco contable» avalado por las nuevas directrices de la OTAN. La subida real en armamentos y capacidades de combate se estanca en el 2,09%; el 0,71% restante ha sido «inflado» artificialmente introduciendo los presupuestos de la seguridad interna, la policía y las pensiones de los Carabinieri bajo el paraguas de la «defensa ampliada».
Esta contabilidad creativa busca ganar tiempo frente a la exigencia perentoria de los emisarios de Trump —el secretario de la OTAN, Mark Rutte, y el embajador Matthew Whitaker—, quienes demandan un compromiso vinculante para elevar el gasto militar al 5% del PIB (3,5% para defensa tradicional y 1,5% para ciberdefensa y seguridad tecnológica). Para un país como Italia, atrapado en los procedimientos de infracción por déficit de la Unión Europea y con su Estado del bienestar en ruinas, aceptar este dictado implica una catástrofe social. Las estimaciones de Milex apuntan a que pasar del modelo actual a las exigencias de la OTAN para el año 2035 exigirá inyectar entre 9.000 y 10.000 millones de euros adicionales cada año, disparando el gasto militar anual de 45.000 a 145.000 millones de euros. Un trasvase masivo de recursos públicos que se pagará con recortes drásticos en sanidad, educación y servicios sociales.
La retórica de la OTAN apela a la defensa de la democracia global, pero los datos económicos desnudan una realidad estrictamente mercantilista. El propio Mark Rutte reconoció, en declaraciones al Financial Times, que la fiebre armamentística de los gobiernos europeos y de Canadá ha funcionado como un gigantesco plan de estímulo para la economía norteamericana: en solo dos años, los pedidos de armas a corporaciones estadounidenses como Lockheed Martin y Boeing han alcanzado los 300.000 millones de dólares, sosteniendo de forma directa más de 195.000 puestos de trabajo en el sector de la defensa de EE.UU.
En el caso de Italia, la aceleración de compras de material “Made in USA” es alarmante. Desde el inicio de la actual legislatura en 2023, el Ministerio de la Defensa —dirigido por Guido Crosetto, exdirector de la patronal de la industria armamentística local, ha comprometido más de 4.400 millones de euros en la adquisición de lanzamissiles Himars, drones armados Predator y aviones espía. A esta millonaria sangría se sumarán en el corto plazo otros 7.000 millones de euros destinados a la compra de 25 cazas F-35 adicionales.
Mientras los ministros europeos intentan justificar la deriva militarista pidiendo «flexibilidad» en los plazos de aplicación para amortiguar el descontento electoral, la realidad se impone con crudeza: Europa se desliza hacia un escenario de subordinación absoluta a los intereses geopolíticos de Washington, renunciando al control democrático de sus presupuestos y asumiendo una lógica de confrontación permanente. La cumbre de Ankara confirma que en el siglo XXI, bajo las máscaras tecno-políticas del atlantismo, los pueblos europeos están condenados a financiar con sus impuestos la maquinaria de guerra del imperio.
*Roma, Italia
