Geraldina Colotti

Noticias desde Europa por Geraldina Colotti*

¿El ICE desembarca en Bolonia? La «seguridad» como ariete del neofascismo para desmantelar la democracia en Italia

Por Geraldina Colotti*

Para quienes insisten en analizar el fascismo del siglo XXI solamente con las categorías estéticas del siglo XX, las alarmas suelen sonar demasiado tarde. Hoy, la reconfiguración reaccionaria del Estado no necesita de marchas paramilitares sobre la capital; le basta con capturar y deformar las instituciones desde dentro, utilizando el concepto de «seguridad» como una doctrina de guerra interna contra la población, la disidencia y la memoria histórica.

Así lo confirma el reciente informe elaborado por la red de organizaciones de derechos humanos Liberties, que sitúa explícitamente a Italia entre los cinco países de la Unión Europea donde los gobiernos están ejecutando un ataque deliberado e intencional contra la democracia. El documento constata el deterioro sistemático del Estado de derecho, la restricción de las libertades civiles y la instrumentalización de las fuerzas de orden público para criminalizar la protesta social y a los sectores más vulnerables.

El síntoma más atroz de esta deriva punitiva se vivió recientemente en Bolonia, con el asesinato de un trabajador de origen marroquí a manos de la policía. Este hecho no puede analizarse como un episodio aislado o un «exceso individual», sino como el resultado lógico de una atmósfera de impunidad y perfilamiento racial institucionalizado.

La pregunta surge de manera inevitable entre los movimientos sociales: ¿está desembarcando la lógica del ICE estadounidense —el organismo represivo y xenófobo por excelencia— en el corazón de la Emilia Romaña que un día fue emblema de la resistencia antifascista? La doctrina de la «tolerancia cero», dirigida contra la clase trabajadora migrante, transforma el derecho penal de acto en un derecho penal de autor: no importa lo que hagas, sino quién eres.

La secuencia física de la agresión remite de forma inevitable al asesinato de George Floyd: el cuerpo de Abderrahim Fakir fue aplastado bocabajo contra el asfalto, inmovilizado bajo la presión de los agentes mientras sus suplicas de «¡Auxilio, basta!» se extinguían progresivamente. Todo ello ante la mirada paralizada de los transeúntes y la inacción de los propios servicios sanitarios, impotentes o cómplices ante la violencia del uniforme. Un escenario de agonía en directo que retrata a una sociedad anestesiada por la retórica de la «seguridad», donde el arbitrio policial se ejerce con impunidad a plena luz del día.

A la par de la violencia estatal directa, el sistema judicial y mediático consagra la privatización de la violencia reaccionaria. El llamado «caso Roggero» —el joyero que persiguió y ejecutó a dos atrancadores en la calle y que ha sido transformado en héroe por la narrativa de la extrema derecha— evidencia cómo se legitima el vigilantismo. Se promueve la idea de que el ciudadano de bien debe armarse y ejercer la justicia por mano propia para defender la propiedad privada, mientras el Estado reserva el monopolio del castigo para el pobre y el disidente.

En el plano cultural e ideológico, la provocación permanente busca acostumbrar a la sociedad a la violencia política estadal, mientras al contempo criminaliza cualquier tipo de oposición popular de izquierda, tildándola de «terrorista» y alcanzando en esto los delirios anticomunistas de Marco Rubio.  El reciente vídeo del eurodiputado de extrema derecha, Roberto Vannacci, disfrazado de emperador romano e incitando abiertamente a la eliminación física o simbólica de la oposición, trasciende la mera bufonada digital.

Es la pedagogía de la barbarie: la banalización del discurso de odio camuflada de «irreverencia contra el politicamente correcto». Al disfrazar la apología del fascismo y la violencia política de actuación grotesca o meme, la extrema derecha busca normalizar lo inaceptable y medir los límites de la permisividad democrática.

Esta degradación interna del Estado italiano tiene su correlato directo en la geopolítica imperial y en la complicidad con el proyecto sionista. Las islas de Sicilia y Cerdeña sufren hoy una doble agresión: por un lado, la servidumbre militar que cede territorio, puertos y espacio aéreo para las operaciones del régimen sionista y la OTAN; por el otro, un proceso de «robo de tierras larvado» y especulación inmobiliaria.

Sardegna y Sicilia se están convirtiendo en el patio de recreo y descanso para los perpetradores del genocidio contra el pueblo palestino. Mientras la población local enfrenta el desempleo, el desmantelamiento de los servicios públicos y la devastación ambiental, el gran capital transnacional y las élites sionistas compran franjas costeras para sus vacaciones de lujo. Un turismo extractivista y colonial que pretende hacer olvidar los crímenes de guerra cometidos en Gaza y Cisjordania, utilizando el suelo italiano como santuario de impunidad.

Lo que ocurre en Italia no es una disfunción del sistema, sino la aceleración de una crisis estructural. Cuando la democracia burguesa ya no puede garantizar la tasa de ganancia del capitalismo ni contener el descontento de las mayorías mediante el consenso, apela al viejo arsenal del fascismo: militarización de los territorios, impunidad policial, racismo de Estado y alineamiento automático con los dictámenes de Washington y Tel Aviv.

Frente a este escenario, la tarea de la comunicación popular y del bloque antimperialista es nombrar las cosas por su nombre: no se trata de «crisis de gobernabilidad», sino de la descomposición deliberada de las libertades a favor del gran capital. Y ante la doctrina del miedo, la única respuesta posible sigue siendo la organización y la solidaridad internacionalista de los pueblos.

*Roma, Italia

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Meloni Ankara

Noticias desde Europa por Geraldina Colotti

Los cañones de Ankara

El Complejo Presidencial de Bestepe, en Ankara, se ha convertido en el epicentro de un terremoto geopolítico que redefine las relaciones de poder en el Viejo Continente. La Cumbre de la OTAN en Turquía, lejos de ser un espacio de consenso defensivo, se manifiesta como el escenario de una descarnada ofensiva imperialista liderada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Bajo una asfixiante presión transatlántica, los líderes europeos asisten a una cita donde se dirimen tanto las amenazas fronterizas y las fracturas internas de la alianza, como la imposición de una economía de guerra global que vacía los presupuestos sociales de los pueblos para engrosar las arcas del Pentágono.

La cumbre arrancó bajo el signo de la imprevisibilidad y la contradicción. Donald Trump, fiel a su enfoque transaccional de la política exterior, sacudió el tablero al declarar su intención de levantar las sanciones a Turquía y venderle aviones de combate furtivos F-35, calificando al gobierno de Recep Tayyip Erdogan como un aliado “extraordinario”. Este movimiento busca no solo aplacar las históricas tensiones con Ankara, sino forzar un alineamiento absoluto en el flanco oriental en medio de las disputas internas de la alianza en torno a la guerra con Irán. El mandatario estadounidense ha criticado con dureza la falta de respaldo unánime de los socios europeos a sus tesis belicistas contra Teherán.

Sin embargo, la diplomacia del dólar y los cazabombarderos ha encontrado una resistencia inmediata en sus propios aliados estratégicos. En una entrevista exclusiva con la cadena estadounidense CNN, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se opuso a la entrega de los F-35 a Turquía, argumentando que esta acción “destruiría el equilibrio de poder en Medio Oriente”, y recordó las declaraciones del canciller turco, Hakan Fidan, quien calificó a Israel como “una carga que la humanidad ya no puede soportar”.

Aunque Netanyahu minimizó sus diferencias con Trump, el choque de intereses evidencia que la arquitectura militar de la OTAN no responde a la seguridad colectiva, sino a una red de preventas y negocios corporativos. Mientras tanto, Netanyahu mantiene bajo reserva su juicio sobre el frágil alto el fuego entre EE.UU. e Irán, que deja intactos los nudos gordianos del programa nuclear y el desarrollo de misiles de la nación persa.

En este tablero de sumisión voluntaria, el caso de Italia resulta emblemático de la encrucijada que vive Europa. La presidenta del Consejo de Ministros, Giorgia Meloni (de extrema derecha), llegó a Ankara en una posición de extrema debilidad política y personal, tras haber sido blanco de las humillaciones públicas de Trump en las redes sociales. El mandatario estadounidense difundió un meme que ridiculizaba a la premier italiana bajo la frase “restraining order needed” (se necesita orden de restricción), desatando una tormenta política en Roma y obligando a la delegación italiana a desplegar una estrategia de «perfil bajo» para evitar cruces directos con el magnate de la Casa Blanca.

Más allá de las baruffas personales, la tragedia real de Italia radica en sus cuentas públicas. Para intentar calmar las exigencias de Washington, el gobierno de Meloni se presenta en la cumbre sbandierando un supuesto récord histórico: una inversión militar equivalente al 2,8% de su Producto Interno Bruto (PIB). Sin embargo, los análisis del Observatorio Milex y el Centro Italiano de Información sobre el Desarme (CILD) desvelan un gigantesco «truco contable» avalado por las nuevas directrices de la OTAN. La subida real en armamentos y capacidades de combate se estanca en el 2,09%; el 0,71% restante ha sido «inflado» artificialmente introduciendo los presupuestos de la seguridad interna, la policía y las pensiones de los Carabinieri bajo el paraguas de la «defensa ampliada».

Esta contabilidad creativa busca ganar tiempo frente a la exigencia perentoria de los emisarios de Trump —el secretario de la OTAN, Mark Rutte, y el embajador Matthew Whitaker—, quienes demandan un compromiso vinculante para elevar el gasto militar al 5% del PIB (3,5% para defensa tradicional y 1,5% para ciberdefensa y seguridad tecnológica). Para un país como Italia, atrapado en los procedimientos de infracción por déficit de la Unión Europea y con su Estado del bienestar en ruinas, aceptar este dictado implica una catástrofe social. Las estimaciones de Milex apuntan a que pasar del modelo actual a las exigencias de la OTAN para el año 2035 exigirá inyectar entre 9.000 y 10.000 millones de euros adicionales cada año, disparando el gasto militar anual de 45.000 a 145.000 millones de euros. Un trasvase masivo de recursos públicos que se pagará con recortes drásticos en sanidad, educación y servicios sociales.

La retórica de la OTAN apela a la defensa de la democracia global, pero los datos económicos desnudan una realidad estrictamente mercantilista. El propio Mark Rutte reconoció, en declaraciones al Financial Times, que la fiebre armamentística de los gobiernos europeos y de Canadá ha funcionado como un gigantesco plan de estímulo para la economía norteamericana: en solo dos años, los pedidos de armas a corporaciones estadounidenses como Lockheed Martin y Boeing han alcanzado los 300.000 millones de dólares, sosteniendo de forma directa más de 195.000 puestos de trabajo en el sector de la defensa de EE.UU.

En el caso de Italia, la aceleración de compras de material “Made in USA” es alarmante. Desde el inicio de la actual legislatura en 2023, el Ministerio de la Defensa —dirigido por Guido Crosetto, exdirector de la patronal de la industria armamentística local, ha comprometido más de 4.400 millones de euros en la adquisición de lanzamissiles Himars, drones armados Predator y aviones espía. A esta millonaria sangría se sumarán en el corto plazo otros 7.000 millones de euros destinados a la compra de 25 cazas F-35 adicionales.

Mientras los ministros europeos intentan justificar la deriva militarista pidiendo «flexibilidad» en los plazos de aplicación para amortiguar el descontento electoral, la realidad se impone con crudeza: Europa se desliza hacia un escenario de subordinación absoluta a los intereses geopolíticos de Washington, renunciando al control democrático de sus presupuestos y asumiendo una lógica de confrontación permanente. La cumbre de Ankara confirma que en el siglo XXI, bajo las máscaras tecno-políticas del atlantismo, los pueblos europeos están condenados a financiar con sus impuestos la maquinaria de guerra del imperio.

*Roma, Italia

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