Reflexiones desde la ciencia y la tecnología – Venezuela sísmica: dolor, ciencia y esperanzas
T / Roberto Betancourt A.
F / @macrovector
Venezuela volvió a sentir, con la crudeza que suele tener la tierra en movimiento, una verdad que la ciencia ha repetido durante décadas: somos un país sísmico. Los dos eventos fuertes registrados, junto con otros sismos sentidos en regiones cercanas a La Guaira, no deben ser tratados como curiosidades aisladas o como señales para alimentar el miedo. Son, ante todo, una convocatoria dolorosa a recordar que habitamos una geografía viva, situada en una compleja interacción entre placas, fallas, montañas, costas y ciudades. La historia de 1812, con un terremoto de magnitud 7,7, estimada por expertos estudios como uno de los episodios más críticos y devastadores de nuestra memoria sísmica, vuelve a aparecer no como fantasma, sino como advertencia: los pueblos que aprenden de sus heridas pueden levantarse con más conciencia.
Sin embargo, más allá de los detalles poco conocidos sobre hipocentros, fallas activas, réplicas y energía liberada, hoy hay una obligación superior: hablarle con respeto a la gente que sufre. Hay familias que perdieron un ser amado, su casa, su tranquilidad o todas al mismo tiempo. Hay niñas y niños que no entienden por qué el suelo dejó de ser seguro. Hay rescatistas, médicos, bomberos, efectivos de protección civil y hombres y mujeres de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana que, en medio del cansancio, sostienen la vida con disciplina y humanidad. En esas horas, la ciencia no puede hablar desde una torre distante. Debe hablar como una madre con precisión, pero también con afecto. Debe orientar, calmar y -siempre- servir.
Conviene decirlo con claridad: los terremotos no se predicen. A pesar de nuestros esfuerzos, nadie puede anunciar con certeza el día, la hora y el lugar exacto del próximo gran evento. Lo que sí puede hacerse, y debe hacerse, es reducir la vulnerabilidad. Allí está la diferencia entre la fatalidad y la política pública inteligente. Las réplicas son esperables; unas serán sentidas, otras solo quedarán registradas por los instrumentos. Por consiguiente, la recomendación experta no es un formalismo: evitar ingresar a edificaciones dañadas sin evaluación técnica, atender las instrucciones oficiales, verificar columnas, vigas, muros, escaleras, instalaciones de gas y electricidad, evitar rumores y mantener despejadas las rutas de emergencia y evacuación. La planificación junto a la serenidad también salva vidas.
En este punto, la comunidad científica venezolana tiene una responsabilidad histórica. Funvisis, las universidades, los colegios profesionales, los centros de investigación, los ingenieros estructurales, los geólogos, los sismólogos, los arquitectos y los especialistas en gestión de riesgo deben ser escuchados con humildad republicana. La prevención sísmica no se improvisa después del desastre; se construye antes, en las escuelas, en las normas de construcción, en los simulacros, en los mapas de amenaza, en la inspección de viviendas, hospitales, puentes, aeropuertos, puertos, industrias y sistemas de servicios. Del mismo modo, los órganos de seguridad ciudadana deben integrarse a esa cultura preventiva, tanto para responder cuando ocurre la emergencia, como hoy estoicamente los observamos, y para planificar, entrenar, comunicar y proteger. A ellos, como a la ciencia, hay que escucharles antes, durante y después.
A quienes hoy padecen, esta reflexión quiere decirles algo sencillo: no están solos. El país entero tiene el deber de acompañarlos. La tierra se movió, pero también se movió la solidaridad. En cada mano experta que remueve escombros, en cada profesional que revisa una estructura, en cada vecino que comparte agua, alimento o información confiable, Venezuela demuestra que la resiliencia es mucho más que una palabra elegante, es una conducta colectiva. Nos corresponde llorar a quienes partieron, atender a los heridos, proteger a los más vulnerables y convertir este dolor en aprendizaje nacional.
De allí nace la esperanza. No cualquier esperanza ingenua, sino una esperanza organizada.
La que entiende que la ciencia orienta, la ingeniería previene, la educación transforma y la disciplina salva. Venezuela es incapaz de escoger si será o no un país sísmico. Eso ya lo decidió la naturaleza, la que nunca se opone sino la que enseña. Venezuela sí puede escoger ser un país preparado. Y esa elección, hecha con conocimiento, solidaridad y amor por la vida, es la forma más digna de honrar a quienes hoy sufren. ¡Soy Venezuela!
El valor de la solidaridad
T / Arturo Tremont
F / PartyStock
La solidaridad es un valor universal de la humanidad, surgió de la necesidad del ser humano de agruparse para defenderse de los grandes animales y los embates de la naturaleza.
Todas las religiones exaltan la solidaridad entre las personas y los pueblos, es parte integrante de los programas políticos y sociales de todos los Estados en el mundo.
La respuesta solidaria del pueblo venezolano, sus instituciones bajo la coordinación de la Presidenta Encargada, Dra. Delcy Rodríguez, los Rescatistas que han venido de muchos países, las Fuerzas Armadas Bolivarianas, Protección Civil, policía y las organizaciones sociales públicas y privada, han permitido rescatar a las víctimas, salvar vidas de hombres, mujeres, niños, en los estados Vargas, Distrito Capital, Lara, Bolívar, Carabobo, Falcón.
Vaya nuestro reconocimiento a la inmensa solidaridad del pueblo venezolano y de todos los pueblos que en estos momentos de dolor nos han tendido la mano, con sus equipos de rescatistas, maquinarias, canes entrenados para las labores de rescate, y sobre todas las cosas, su gesto de humanidad y solidaridad.
arturotremont@gmail.com
Semillas de Soberanía: El día que la tierra tembló, el alma de Venezuela se puso de pie
La tarde del 24 de junio de 2026 quedará marcada en nuestra historia no solo por la fuerza devastadora de la naturaleza, sino por la inconmensurable grandeza de su gente. El doble sismo que sacudió el norte de nuestro país, dos potentes zarpazos que estremecieron ciudades, derribaron estructuras y fracturaron carretera, nos sumergió en horas de profunda incertidumbre, dolor y luto nacional. Las imágenes de escombros, el eco de las réplicas y las alarmas encendidas pintaron un panorama de auténtica calamidad. Sin embargo, cuando la tierra aún no terminaba de asentarse y el miedo intentaba paralizarnos, ocurrió el verdadero milagro venezolano: la respuesta del alma de este pueblo.
La hermandad siempre estará presente en tiempos de sombra. Donde la naturaleza dejó grietas, el venezolano sembró unión. En cuestión de horas, el dolor colectivo se transformó en una movilización civil sin precedentes. No hubo distinción de clases, de ideologías ni de regiones; solo una consigna silenciosa pero ensordecedora: salvar a los nuestros.
Los centros de acopio siempre van a estar presentes: Las escuelas, iglesias, plazas y casas particulares se convirtieron de inmediato en colmenas de esperanza. Así como la logística del afecto, donde kilómetros de filas formadas por ciudadanos comunes empacando minuciosamente botellas de agua, alimentos no perecederos, sábanas y medicinas esenciales para darle esa respuesta solidaria a nuestros hermanos que sufrieron los embates del doble sismo y de esta manera llegar a donde haga falta con caravanas de camiones, camionetas y vehículos particulares desafiando el estado de las vías para llevar el abrazo fraterno de todo un país hasta las zonas más golpeadas y vulnerables.
»La verdadera fuerza de un país no se mide por la resistencia de sus edificios, sino por la capacidad de su gente para sostenerse mutuamente en la peor de las tormentas.»
El patriotismo que se demuestra con hechos, que no ha sido un patriotismo de discursos vacíos; ha sido el patriotismo del sudor, del cansancio compartido, de las manos llenas de polvo compartiendo lo poco o mucho que se tiene con quien lo perdió todo. El patriotismo vestido de solidaridad es ver a médicos El día que la tierra tembló, el alma de Venezuela se puso de pie
La tarde del 24 de junio de 2026 quedará marcada en nuestra historia no solo por la fuerza devastadora de la naturaleza, sino por la voluntarios saliendo hacia los epicentros, a jóvenes organizando medicamentos en cajas y a familias compartiendo el pan para que el cargamento vaya más lleno.
Las heridas materiales tardarán en sanar y el luto por las pérdidas humanas nos acompañarán por siempre, pero la lección de civismo, amor, solidaridad y hermandad que el pueblo venezolano le está dando al mundo en este junio de 2026 es el testimonio vivo de que somos un tejido indestructible. La tierra se movió, sí, pero lo único que logró derrumbar fueron las barreras que nos separaban, dejándonos más unidos, más patriotas y más hermanos que nunca.
Siempre pasaremos a la historia por esa característica inquebrantable de ser como somos, solidarios, amorosos, cordiales, desprendidos y saturados de un amor colectivo que nos hace una sociedad inquebrantable aun en situaciones tan adversas como un fatídico terremoto como el del 24 de junio de 2026
¡Fuerza, Venezuela! De esta nos levantamos juntos.
T / Dr. José Alfredo Ureña
Prof. Titular de la UNERG
alfredoure1961@gmail.com
F / AVN
MUSIQUEMOS: Guataca y PADMe
T / Andrés Felipe García Torres*
La Guataca es un saber que no se comparte visualmente, es decir, que es una habilidad anclada en conocimiento, eventos, historia y técnicas que no han sido etiquetadas, conceptualizadas, ni escritas porque desde hace siglos el musicar se viene abordando desde lo visual, dejando la percepción auditiva, oculta, borrada. La Guataca requiere conocer qué percibir de las estructuras sonoras formales, saber de secuencias armónicas que concretan estas formas, ubicar las estabilidades, inestabilidades y la gama intermedia que genera las relaciones sonoras. Si, sonoridades como un centro tonal, la tónica y su acorde, las funciones tonales, repetir, variar y contrastar. Estos saberes no vienen de teorías eurocéntricas, sino de convenciones populares y es gracias a esto que se puede improvisar muy bien en el marco de un tipo de musicar y no tanto en otros, ya que es necesario conocer los estilos típicos de cada modo de musicar.
El gran borramiento que la modernidad y en general la cultura centroeuropea, realizó en el musicar es la percepción auditiva, que no solo se percibe de oídas, la audición, sino también a través de la piel y demás órganos corporales, lo que podemos corroborar al sentir vibrar las partes bajas del cuerpo con sonidos graves o colocando la punta del dedo sobre la corneta de algún teléfono de hoy día. Por esta razón diseñé un método de enseñanza del musicar que trasciende estas falencias teóricas, sobre todo para el aprendizaje de los elementos básicos de la Guataca como fundamentos para musicar con o sin partituras.
El Proceso de Análisis y Deconstrucción de Melodías, el método PADMe, se basa en la percepción sonora, en lo que se entiende al escuchar, lo susceptible de etiquetar para luego nombrarle. Su mayor ventaja es que lo pueden aplicar docentes sin preparación musical alguna, es decir que no necesita ejercer el musicar de manera profesional, ni como amateur, basta con la voluntad de hacer y construir colectivamente con sus estudiantes. Funciona porque solo requiere oír y aprender a percibir lo que se oye, es decir que si se pone atención en qué se debe escuchar y luego se etiqueta, no importa con qué siglas, se comienza a tener conciencia del fenómeno sonoro, es un entrenamiento auditivo. Se analizan melodías, fundamental para aprender y entender un musicar. Se ubican auditivamente los elementos estructurales de la melodía según los tres principios básicos del musicar: la repetición, la variación y el contraste (RVC), lo que permite, no sólo conocer, sino construir nuevas estructuras melódicas.
De esta manera se va internalizando la escucha e identificación de cada elemento que estructuran una melodía y ese material posibilita construir otras. Con la práctica se va desarrollando la memoria musical, se conocen las estructuras y cómo funcionan en conjunto, lo que implica generar el dominio de saberes que sustentan la Guataca que nos permite musicar.
*Músico docente
Corazón, fuego y escuela: Beatriz, una mujer de corazón sensible
La «vieja Beatriz», como le dicen cariñosamente en la cuadra, en una semana cumplirá noventa años. Por las tardes, con la puesta de sol, suele sentarse en una antigua silla dormilona (o sillón dormilón), silla que, según su abuelo, perteneció en algún momento al General Rafael Urdaneta. Nadie recuerda cómo llegó a la casa, pero allí se sienta Beatriz, como se sentaba su madre, Coromoto, y antes, su abuela, Eloína.
Beatriz, desde su trinchera de descanso, escucha el tenue repicar de las tamboras, los furros y, en las voces de los gaiteros, aquellos versos coloridos que tanta ama. Eran tiempos en que la gaita rebelde le cantaba al trabajo, a las desigualdades sociales, al Lago, al daño a la naturaleza, a las costumbres de los campesinos, a la familia, a los personajes emblemáticos o pintorescos y hasta a los patinadores.
La consentida anciana disfruta del horizonte, del cielo despejado y de la brisa que el Lago trae para refrescar la tarde marabina. Así como la noche llega, el puerto se va silenciando, pero en la calle, en su calle, inicia la algarabía de dominó, de bullicio, de chistes y noticias, algunas recalentadas. Beatriz se siente feliz en este mundo de gente conocida. La abuela nunca ha salido del Saladillo; allí está su vida y su regocijo, todos la conocen y ella los conoce a todos, creció con ellos y a otros los ha visto crecer.
Beatriz sabe de hierbas, de sobaduras, de clima, y puede decir con certeza a qué hora lloverá durante el amanecer gaitero. También es partera y ha recibido más niños que el hospital. Como si fuera poco, sus hallacas son las favoritas entre la familia y muchos dicen que son las mejores de la ciudad.
Ella trajo al mundo, con su propio vientre, como suele decir ella, catorce muchachos, y la cuenta va por cincuenta nietos y un montón de bisnietos a los que ella confunde sus nombres, pero no sus rostros.
Es jueves, pasadas las cinco de la tarde. Beatriz se mece al ritmo de una suave, antigua y conocida brisa lacustre. Un rumor como ola de ventarrón agita la paz de los vecinos; y a los amables oídos de Beatriz llega la fatal noticia: «El presidente Rafael Caldera ordenó la destrucción del Saladillo». Beatriz llena sus ojos de tristeza, su voz se ahoga y, como un reloj al que se le acaba la cuerda, su corazón se detiene. Beatriz jamás salió del Saladillo.
T / Rafael Contreras
La noche en que la tierra tembló: la Venezuela bolivariana entre la solidaridad de clase y el imperialismo del desastre
La noticia llega al teléfono cuando ya es de noche en Europa, con ese sonido intermitente que en nuestro oficio siempre anuncia la tragedia. Al otro lado de la línea, desde Caracas y desde La Guaira, las voces de los compañeros y de los colegas de los medios comunitarios no tiemblan, pero están cargadas de la gravedad de las horas que definen la urgencia de un pueblo. Se difunde en tiempo real el mapa del epicentro del sismo –el estado Yaracuy– y el de las zonas más afectadas, así como las primeras imágenes de los derrumbes. Se desploma también parte del edificio de la televisión de Estado –VTV–, pero los colegas permanecerán en el lugar durante toda la noche, continuando con la transmisión de las noticias. No hay espacio para las agencias de prensa occidentales cuando la crónica se hace carne y escombros en toma directa.
Te dicen que la tierra rugió desde lo profundo, un estruendo sordo poco después de las seis de la tarde, en un día festivo, cuando las familias de la clase obrera estaban reunidas en sus casas o en la calle compartiendo un trago. Dos sacudidas consecutivas, con un minuto de diferencia, la más fuerte de magnitud 7.5 según los relieves geológicos. El mayor terremoto que ha golpeado al país en más de un siglo. El balance provisional que los compañeros en el terreno actualizan de minuto en minuto, comentando los momentos en que el gobierno encargado habla en directo al país, es dramático. Al momento de escribir estas líneas, se habla ya de más de 188 muertos y casi 1.000 heridos, con más de treinta réplicas ssmicas que continúan haciendo estremecer el barro y el cemento, y el temor ante la llegada de un tsunami.
La Guaira, el histórico estado costeño –uno de los más afectados por los drones estadounidenses el 3 de enero–, ha sido declarada zona de desastre por la presidenta encargada Delcy Rodríguez. Las imágenes que llegan desde los colectivos de Catia La Mar muestran rascacielos sventrados, mientras que en Macuto un hotel entero frente al mar quedó reducido a polvo. Incluso el aeropuerto internacional Simón Bolívar está sellado, con los techos caídos y los pasillos cubiertos de detritos. En la capital, los derrumbes afectaron a los barrios populares y a los municipios históricos: desde San Bernardino a Pinto Salinas, desde El Paraíso hasta las zonas acomodadas de Chacao y Baruta, donde se cava a mano limpia para extraer a los sobrevivientes.
Para entender la magnitud del trauma que ha golpeado al país –un cataclismo que sigue al inédito secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la diputada Cilia Flores, su esposa, perpetrado por los Estados Unidos el 3 de enero–, es necesario explicar qué significaba para el pueblo venezolano ese miércoles 24 de junio. No se trataba de un día de descanso cualquiera, sino de la celebración nacional de la Batalla de Carabobo de 1821, el momento cumbre en el que el ejército patriota liderado por Simón Bolívar derrotó definitivamente a las tropas coloniales españolas, sellando la independencia de la nación. En el código genético de la Revolución Bolivariana, Carabobo no es una efeméride de museo, sino el símbolo viviente de la ruptura de las cadenas coloniales y del nacimiento de la patria soberana.
Es precisamente en este día de fiesta nacional, mientras las familias de los trabajadores estaban reunidas en sus casas o en los bares, y los cuadros populares celebraban la memoria histórica de la resistencia anticolonial, cuando se abatió el cataclismo. La coincidencia temporal añade una carga emotiva inmensa, pero también devela la rapidez de la respuesta organizada: el espíritu de Carabobo, para nada apagado durante esta fase de retirada estratégica bajo chantaje, se tradujo inmediatamente, en el lapso de pocos minutos, del plano de la memoria histórica al de la movilización de protección civil y solidaridad de clase en las calles sventradas de La Guaira y Caracas.
Mientras tanto, desde el exterior, la extrema derecha del ex candidato Edmundo González emitía comunicados de pillaje para denunciar las “culpas” del gobierno en el desastre, como si años de “sanciones” pedidas a gritos a los Estados Unidos no hubieran significado nada. Y como si el análisis de una catástrofe natural pudiera desvincularse de las condiciones materiales y estructurales en las que se consume.
Se los ingenieros burgueses interpelados por los medios transnacionales se apresuran a explicar que los derrumbes se deben a la vulnerabilidad de los edificios construidos en los años cincuenta y sesenta, el análisis concreto impone desvelar la verdad subyacente. Esos barrios, esa misma Caracas expandida sobre las laderas de las montañas, lleva las marcas urbanísticas de la vieja especulación inmobiliaria de la IV República, cuando el beneficio privado determinaba dónde y cómo debía hacinarse el proletariado urbano. A esto se suma el impacto criminal de años de sanciones y bloqueo económico unilateral orquestado por Washington. Las medidas coercitivas que afectaron a la compañía estatal PDVSA y a la industria petrolera no son abstracciones diplomáticas: significan la imposibilidad sistemática de importar piezas de repuesto para la maquinaria pesada, limitaciones en la renovación tecnológica de las infraestructuras y un asedio financiero orientado a estrangular la planificación urbana del Estado.
Sin embargo, precisamente en el momento del mayor dolor, se activa la inmensa maquinaria de la solidaridad de clase y del poder popular organizado. En las calles de San Bernardino y Altamira, mientras el ministro del Poder Popular para Relaciones Interiores, Justicia y Paz, Diosdado Cabello coordina las inspecciones de riesgos y la interrupción de las líneas de gas para evitar explosiones, son los propios ciudadanos, los miembros de los consejos comunales, los sanitarios cubanos –inmediato el pronunciamiento del presidente cubano Miguel Díaz-Canel– y los más de 500 rescatistas de la Protección Civil quienes forman cadenas humanas.
Nada describe mejor la proyectualidad del chavismo, que no se resigna a dispersarse en el individualismo atomizado, sino que se organiza colectivamente para distribuir cuerdas, remover escombros y defender la vida. La propia presidenta encargada respondió no con las recetas de la austeridad, sino con la protección social inmediata: suspensión de las clases por una semana, paralización de las actividades no esenciales, fondos para la reconstrucción de las viviendas y de los hospitales, refugios en los hoteles, líneas de crédito especiales a través de la banca pública y privada para quienes perdieron su actividad y una asignación especial mediante la plataforma Patria para los trabajadores que quedaron sin empleo. El FMI anunció la liberación de un fondo de emergencia de 200 millones de dólares.
La dialéctica geopolítica de esta emergencia devela además la profunda hipocresía de las potencias imperialistas. Mientras Donald Trump y su secretario de Estado Marco Rubio se apresuran a declarar en las redes sociales que los Estados Unidos “están listos y equipados” para enviar ayuda, los compañeros desde Caracas recuerdan la ferocidad del sincronismo político: esta repentina filantropía llega por parte de quienes, hace solo unos meses, reivindicaban con orgullo “la captura” del presidente Nicolás Maduro, violando la soberanía nacional e intentando imponer un cambio de régimen en tres fases en este momento complicado y resbaladizo. Es la doctrina del shock aplicada a la desventura: el imperialismo ofrece equipos de rescate con una mano mientras mantiene el lazo al cuello de la economía venezolana con la otra. Como sucedió en Ecuador tras el terremoto, el objetivo es imponer el imperialismo “humanitario” en un país, ya duramente probado, en el que las ONG deben por ley declarar la procedencia de sus fondos y sus objetivos: ¿para hacer de Venezuela la Haití de América Latina?
De muy distinto signo es la solidaridad internacionalista de los países aliados que reconocen la dignidad soberana de la República Bolivariana. China, por boca del portavoz del ministerio de Relaciones Exteriores Guo Jiakun, confirmó la solidez de la asociación estratégica integral, declarándose dispuesta a brindar asistencia de emergencia apropiada en función de las necesidades reales indicadas por Caracas, sin condiciones ni injerencias, fuerte de un vínculo político y de inversiones infraestructurales que resiste a los intentos de aislamiento. El mismo agradecimiento del Estado venezolano se extiende a Rusia, a Serbia y a aquellos países que mantienen relaciones firmes, rechazando la lógica del chantaje occidental: como Irán, que ya activó las actividades de socorro mediante la Media Luna Roja.
A las siete de la noche de Venezuela, mientras en las plazas de América Latina se difunde el llamado a la oración colectiva y a la movilización, las consignas lanzadas a través de la aplicación VenApp y de los medios públicos definen la línea de resistencia: usar exclusivamente las fuentes oficiales para combatir la guerra psicológica de la derecha, mantener la calma y permanecer en sus viviendas si no están comprometidas, para facilitar el trabajo logístico de quienes aún buscan a los desaparecidos bajo los escombros. En estas horas dramáticas, mientras llega desde la carcel norteamericana el mensaje de aliento del presidente sequestrado, el abrazo fraterno va para los trabajadores de los medios comunitarios y alternativos, centinelas de la verdad contra el pillaje. Venezuela no es una víctima inerme de la naturaleza o del imperio; es una comunidad política que demuestra, una vez más, que solo el pueblo salva al pueblo y que la solidaridad colectiva e internacionalista es la única respuesta posible ante la barbarie del capital.
T / Geraldina Colotti
F / AVN
La trinchera antiimperialista
Hace años leí la expresión «todo está atado y bien atado» en un artículo de prensa y me llamó la atención. En ese tiempo no había internet ni redes, y lo único disponible era la experiencia y sapiencia de algún conocido o una biblioteca que nos diera luces sobre los temas. Así fue como dilucidé de dónde provenía la frase y su valor. No, no te voy a echar el cuento completo: te toca investigar. De ese poder atado y bien atado vamos a hablar hoy:
VENEZUELA: EL PODER REAL
Mientras los agoreros de la oposición (mcm y cia) llevaban meses predicando que este era un gobierno débil, que estaba a punto de caer, que la «encargaduría» de Delcy Rodríguez era un castillo de naipes, la tierra tembló en Venezuela y el país entero se puso a prueba. No con discursos, sino con hechos. Y lo que vimos fue una estructura de poder que no solo se mantuvo en pie, sino que se reafirmó con una contundencia que los vendehumo no esperaban.
LA TRIADA DEL PODER: DELCY, DIOSDADO Y JORGE
En momentos de crisis, los gobiernos débiles se desmoronan. Los fuertes se consolidan. En 1999, con la Tragedia de Vargas, lo vimos cuando el Comandante Chávez asumió las riendas de la situación demostrando lo que tenía en la vejiga, el Arañero de Sabaneta. Y lo que hemos visto en estos días es una triada de poder que ha tomado las riendas del país con una eficacia que ha dejado en evidencia a quienes pronosticaban su colapso.
Delcy Rodríguez asumió su rol institucional sin titubeos. Decretó la emergencia, articuló la ayuda internacional y se convirtió en la vocera del país ante el mundo. No hubo vacilaciones, no hubo improvisación. La presidenta encargada mostró que el Estado venezolano, a pesar del secuestro del Presidente Nicolás Maduro, sigue funcionando con una cohesión que sus detractores no quisieron ver.
Diosdado Cabello, por su parte, tomó el mando operativo de la situación. Su control sobre los cuerpos de seguridad y rescate, como ministro de Relaciones Interiores, le dio la potestad para coordinar las labores de emergencia. Pero más allá de lo institucional, lo que se vio fue la articulación del PSUV desplegado en los urbanismos de la GMV: los CLAP, las escuadras, toda la organización del partido llevando ayuda a quienes más la necesitaban. Las críticas y la frustración no desaparecen, pero la presencia del Estado y del partido está ahí. La «vieja del CLAP», como la llaman desde la oposición, es el vínculo real entre el poder y el pueblo.
Jorge Rodríguez se convirtió en el vocero de la tragedia. El que lee los partes, actualiza las cifras, informa sobre lo que se hace y dónde se hace. No hay ministros de Comunicación o Defensa que se vean visibles. Los tres han copado la escena institucional. Y esa imagen de unidad, en medio del caos, es la que proyecta un poder que no se tambalea.
🛑 LA OPERETA DE mcm: AVIÓN DEVUELTO, CIERRE DE ESPACIO AÉREO Y MISA EN EL ISTMO
Mientras la triada del poder se desplegaba en La Guaira, la Sayona intentaba regresar al país. mcm, que había salido de Venezuela en diciembre de 2025 para recibir el Premio Nobel de la Paz en Noruega, había dilatado su regreso por «razones de seguridad». Pero cuando finalmente quiso volver para armar el bochinche en el país, el guion se torció.
El jet privado que la traería de regreso fue devuelto por el gobierno estadounidense cuando iba a una de las Antillas Holandesas. La aeronave no pudo continuar su ruta. Poco después, el espacio aéreo venezolano fue cerrado por órdenes del gobierno estadounidense, impidiendo que otra aeronave —de una línea aérea panameña— pudiera despegar de Panamá y traerla a Venezuela.
El drama, sin embargo, no terminó ahí. mcm tuvo que conformarse con una misa en el itsmo, en Panamá, como consuelo. La Sayona, que había prometido regresar para encabezar una transición, se quedó varada a pocos kilómetros de su país, sin poder pisar suelo venezolano. La revolución sigue mandando. El poder real, el que controla el territorio, los cielos y las fronteras, no es el que ella representa.
📸 LA FOTO QUE DIBUJA EL PANORAMA
En medio de esta reconfiguración del poder, una imagen circuló por las redes sociales: John Barrett, encargado de negocios de la embajada estadounidense, tomando del brazo a Diosdado Cabello. El gobierno de Washington mantiene una recompensa de 25 millones de dólares por la captura del hijo de doña Felicia. Y sin embargo, el funcionario estadounidense posa con él en actitud de camaradería .
Es una anécdota que dibuja el panorama. Porque lo que esa foto muestra no es un gesto de amistad, sino la constatación de que el poder real no está en los discursos de mcm ni en las declaraciones de la oposición. Está en quienes controlan el territorio, en quienes pueden cerrar un espacio aéreo, en quienes articulan la ayuda humanitaria en medio de una tragedia .
Los agoreros de la oposición y muchos pseudochavistas dijeron que este gobierno era débil. Que caería. Que no tenía control. Los hechos demuestran lo contrario. La triada Delcy-Diosdado-Jorge ha demostrado que el poder en Venezuela está atado y bien atado. Y que, a pesar de todo lo que han hecho para desestabilizarlo, la revolución sigue mandando.
📌 CONCLUSIÓN
Los terremotos del 24 de junio no solo sacudieron la tierra. Sacudieron también las profecías apocalípticas de quienes anunciaban el colapso del gobierno encargado. La triada del poder se consolidó. Y la oposición, una vez más, se quedó con las ganas de regresar a la silla que nunca ocupó.
mcm sigue en Panamá. El avión no llegó. El espacio aéreo se cerró. La revolución, con sus aciertos y sus errores, sigue mandando. Y el imperio, que mantiene una recompensa por Diosdado, hoy se da la mano con él en medio de los escombros. La foto es un símbolo de esta nueva realidad: un poder atado y bien atado. Y los que predecían su caída, simplemente, no supieron leer el tablero.
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Por: Luis Rodríguez | #Guaniamo68
El terremoto más desastroso y las vidas que salvó la ciencia
Cada tragedia nacional merece ser contada con respeto, pero también con precisión. Los terremotos de Venezuela de 2026 han dejado una profunda herida que se relata a través del dolor de vidas perdidas, familias desplazadas, edificios derrumbados y la angustia que permanecerá en la memoria del país. Más allá, cuando se afirma que han sido «los más devastadores de nuestra historia», conviene detenerse. La historia sísmica de Venezuela nos enseña que la magnitud del dolor está también en la proporción de la población de las ciudades afectadas, por la capacidad constructiva disponible en cada época y por el tamaño real del parque inmobiliario expuesto.
A la luz de estos datos, el terremoto de 1812 sigue siendo, sin duda, el desastre sísmico más devastador de nuestra historia. Las estimaciones varían, como ocurre con los eventos históricos antiguos, pero muchas fuentes sitúan el número de víctimas en decenas de miles, en una Venezuela mucho menos poblada, con ciudades pequeñas y construcciones de adobe, tapia, bahareque y mampostería vulnerable. En términos per cápita, aquello supuso una ruptura civilizatoria. Además de sacudir la Primera República, destruyó la infraestructura y con ella la forma de habitar, gobernar, rezar y sobrevivir. Así pues, si se compara la cifra de fatalidades con la población afectada, 1812 conserva una gravedad histórica difícil de superar.
Ahora bien, reconocer esa diferencia tampoco minimiza la gravedad de la situación actual. Al contrario, la ordena. Estos nuevos terremotos nos obligan a examinar el país construido durante los siglos XX y XXI. En él se revela una verdad pocas veces expresada, y es que muchas edificaciones resistieron. Miles de columnas, vigas, pórticos, muros, juntas, cimientos y detalles constructivos cumplieron silenciosamente su función. Mientras la conversación pública se centra, con razón, en los edificios que no resistieron, la ciencia debe recordar también los que sí lo hicieron y protegieron vidas. Esos edificios pueden no ser noticia, pero son una prueba.
Por tanto, la ingeniería sismorresistente debe ser juzgada no solo por sus derrotas visibles; debe examinarse en su totalidad. Allí donde hubo colapsos, se debe investigar el diseño, el tipo de suelo, la construcción, el mantenimiento, las modificaciones realizadas sin autorización, el deterioro natural, la calidad de los materiales empleados y la gestión de la obra. Sin embargo, donde hubo daños reparables, evacuación segura o continuidad funcional, se deben reconocer los aciertos en las normas, el cálculo, la supervisión, la labor técnica y el aprendizaje acumulado desde 1967. La prevención rara vez recibe aplausos, ya que su éxito consiste precisamente en evitar que ocurra una tragedia.
La experiencia de otros países ofrece una lección muy clara. En 1976, el gran terremoto de Tangshan (China), de magnitud 7,5, produjo una de las mayores catástrofes sísmicas del siglo XX. Sin embargo, en Qinglong, una localidad cercana, la combinación de ciencia, vigilancia, organización, comunicación pública y decisión administrativa permitió reducir de manera extraordinaria el número de víctimas (solo una persona), a pesar de que 180.000 construcciones colapsaron. Así la vulnerabilidad deja de ser un destino inevitable.
Por ello, en nuestra Quinta República, la ciencia debe seguir subiendo la escalera perpetua de la excelencia. Cada peldaño salva a alguien que nunca sabrá que fue salvado. El próximo objetivo ético de Venezuela debe ser claro: que cualquier nuevo suceso encuentre más y mejor ciencia, construcciones más seguras, mejores datos, instituciones más sólidas y una ciudadanía más comprometida. El saldo perfecto es cero víctimas. Parece una aspiración elevada, ¡lo es! Pero toda nación que aprende de su dolor tiene derecho a convertir la memoria en método y el método en protección.
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Nota al pie: invito a visitar o descargar el Atlas Sismológico de Venezuela, que publicamos en octubre de 2023, en www.funvisis.gob.ve/atlas_sis.php. Es sumamente esclarecedor y singularmente educativo.









