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El terremoto más desastroso y las vidas que salvó la ciencia

Cada tragedia nacional merece ser contada con respeto, pero también con precisión. Los terremotos de Venezuela de 2026 han dejado una profunda herida que se relata a través del dolor de vidas perdidas, familias desplazadas, edificios derrumbados y la angustia que permanecerá en la memoria del país. Más allá, cuando se afirma que han sido «los más devastadores de nuestra historia», conviene detenerse. La historia sísmica de Venezuela nos enseña que la magnitud del dolor está también en la proporción de la población de las ciudades afectadas, por la capacidad constructiva disponible en cada época y por el tamaño real del parque inmobiliario expuesto.

A la luz de estos datos, el terremoto de 1812 sigue siendo, sin duda, el desastre sísmico más devastador de nuestra historia. Las estimaciones varían, como ocurre con los eventos históricos antiguos, pero muchas fuentes sitúan el número de víctimas en decenas de miles, en una Venezuela mucho menos poblada, con ciudades pequeñas y construcciones de adobe, tapia, bahareque y mampostería vulnerable. En términos per cápita, aquello supuso una ruptura civilizatoria. Además de sacudir la Primera República, destruyó la infraestructura y con ella la forma de habitar, gobernar, rezar y sobrevivir. Así pues, si se compara la cifra de fatalidades con la población afectada, 1812 conserva una gravedad histórica difícil de superar.

Ahora bien, reconocer esa diferencia tampoco minimiza la gravedad de la situación actual. Al contrario, la ordena. Estos nuevos terremotos nos obligan a examinar el país construido durante los siglos XX y XXI. En él se revela una verdad pocas veces expresada, y es que muchas edificaciones resistieron. Miles de columnas, vigas, pórticos, muros, juntas, cimientos y detalles constructivos cumplieron silenciosamente su función. Mientras la conversación pública se centra, con razón, en los edificios que no resistieron, la ciencia debe recordar también los que sí lo hicieron y protegieron vidas. Esos edificios pueden no ser noticia, pero son una prueba.

Por tanto, la ingeniería sismorresistente debe ser juzgada no solo por sus derrotas visibles; debe examinarse en su totalidad. Allí donde hubo colapsos, se debe investigar el diseño, el tipo de suelo, la construcción, el mantenimiento, las modificaciones realizadas sin autorización, el deterioro natural, la calidad de los materiales empleados y la gestión de la obra. Sin embargo, donde hubo daños reparables, evacuación segura o continuidad funcional, se deben reconocer los aciertos en las normas, el cálculo, la supervisión, la labor técnica y el aprendizaje acumulado desde 1967. La prevención rara vez recibe aplausos, ya que su éxito consiste precisamente en evitar que ocurra una tragedia.

La experiencia de otros países ofrece una lección muy clara. En 1976, el gran terremoto de Tangshan (China), de magnitud 7,5, produjo una de las mayores catástrofes sísmicas del siglo XX. Sin embargo, en Qinglong, una localidad cercana, la combinación de ciencia, vigilancia, organización, comunicación pública y decisión administrativa permitió reducir de manera extraordinaria el número de víctimas (solo una persona), a pesar de que 180.000 construcciones colapsaron. Así la vulnerabilidad deja de ser un destino inevitable.

Por ello, en nuestra Quinta República, la ciencia debe seguir subiendo la escalera perpetua de la excelencia. Cada peldaño salva a alguien que nunca sabrá que fue salvado. El próximo objetivo ético de Venezuela debe ser claro: que cualquier nuevo suceso encuentre más y mejor ciencia, construcciones más seguras, mejores datos, instituciones más sólidas y una ciudadanía más comprometida. El saldo perfecto es cero víctimas. Parece una aspiración elevada, ¡lo es! Pero toda nación que aprende de su dolor tiene derecho a convertir la memoria en método y el método en protección.

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Nota al pie: invito a visitar o descargar el Atlas Sismológico de Venezuela, que publicamos en octubre de 2023, en www.funvisis.gob.ve/atlas_sis.php. Es sumamente esclarecedor y singularmente educativo.

 

Roberto Betancourt A.
@betancourt_phd

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