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Reflexiones desde la ciencia y la tecnología por Roberto Betancourt A.

La Ley de Brandolini entre los escombros

Un terremoto que sacude el suelo también convoca, minutos, horas y días después, a expertos autoproclamados e influencers inescrupulosos que difunden alertas falsas, imágenes antiguas y explicaciones que apelan a la compleja psique de algunas personas. Estas falacias, en mayor o menor medida, pueden provocar evacuaciones caóticas, distorsionar las prioridades, desviar a los equipos de rescate y minar la confianza pública.

La desigual competencia entre la verdad y la manipulación conspiratoria de la realidad fue expuesta en 2013 por el hasta entonces desconocido Alberto Brandolini. Su célebre aforismo, bautizado como «ley», sostiene que «la cantidad de energía necesaria para refutar una mentira es un orden de magnitud mayor que la necesaria para producirla». Inventar, por ejemplo, que «habrá un tsunami esta noche» lleva segundos a una sola persona, pero desmentirlo requiere que cientos o miles de personas consulten redes sismológicas, centros de alerta, especialistas y registros audiovisuales. Para entonces, el rumor ya habrá circulado por miles de teléfonos.

Tras los terremotos del 24 de junio de 2026, Venezuela comprobó esa asimetría. Los equipos de verificación (también conocidos como fact-checking) documentaron una falsa alerta de tsunami, un supuesto apagón nacional, imágenes creadas con inteligencia artificial, videos de otros eventos y muchos otros desaguisados. Incluso se atribuyeron los terremotos al programa HAARP mediante una grabación fabricada que circulaba desde meses antes. La falsedad era breve y visual, y demostrarla exigió rastreo digital, análisis geofísico, consulta a expertos y divulgación científica.

En este sentido, la Organización Mundial de la Salud popularizó el concepto de «infodemia» para describir la sobreabundancia de información (tanto verdadera como falsa) que acompaña a las crisis y dificulta que la población encuentre orientaciones fiables. La Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja también ha destacado en su Informe Mundial sobre Desastres 2026 que este tipo de información constituye una crisis humanitaria que erosiona la confianza, dificulta el acceso a la asistencia y aumenta los riesgos para las comunidades y los equipos de rescate. Por tanto, la comunicación no puede seguir tratándose como un accesorio de la respuesta, ya que también salva vidas.

Este fenómeno se ha documentado en emergencias similares. En Haití, en 2010, la iniciativa «Mission 4636» procesó más de 80.000 mensajes de alerta para las autoridades. De manera similar, en 2017, México anticipó esta tendencia a través de la organización «Verificado 19S», que proporcionaba información fidedigna a la población y a los equipos de respuesta. En Noto (Japón), en enero de 2024, se determinó que el 10 % de las solicitudes de rescate eran falsas, lo que dificultó la ayuda a las personas que sí la necesitaban.

Las investigaciones demuestran que este fenómeno puede mitigarse construyendo una cultura de comunicación basada en fuentes oficiales muy reconocidas y actualizaciones permanentes. La lección aprendida es sencilla: la confianza pública se construye con paciencia y (mucho tiempo antes del desastre) mediante instituciones creíbles, transparencia y educación científica.

Venezuela puede crear un protocolo nacional de integridad informativa que incluya una sala de verificación, boletines periódicos (con hora exacta), fuentes y niveles de incertidumbre, un registro estructurado de solicitudes de rescate, educación preventiva sobre predicciones, réplicas y tsunamis, entre otros contenidos De este modo, sería posible distinguir al creador malicioso, del amplificador coordinado y de quien reenvió por mero temor. La integración de las comunidades organizadas es indispensable.

La Ley de Brandolini no afirma que la verdad esté condenada, sino que nos recuerda que defenderla resulta costoso cuando se comienza demasiado tarde. Ese esfuerzo puede reducirse con instituciones transparentes, científicos accesibles, periodistas especializados rigurosos, archivos forenses, comunidades organizadas y ciudadanos que renuncien a compartir mensajes meramente «por si acaso». Tras un terremoto, cada minuto cuenta. También cada palabra.

@betancourt_phd

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El terremoto más desastroso y las vidas que salvó la ciencia

Cada tragedia nacional merece ser contada con respeto, pero también con precisión. Los terremotos de Venezuela de 2026 han dejado una profunda herida que se relata a través del dolor de vidas perdidas, familias desplazadas, edificios derrumbados y la angustia que permanecerá en la memoria del país. Más allá, cuando se afirma que han sido «los más devastadores de nuestra historia», conviene detenerse. La historia sísmica de Venezuela nos enseña que la magnitud del dolor está también en la proporción de la población de las ciudades afectadas, por la capacidad constructiva disponible en cada época y por el tamaño real del parque inmobiliario expuesto.

A la luz de estos datos, el terremoto de 1812 sigue siendo, sin duda, el desastre sísmico más devastador de nuestra historia. Las estimaciones varían, como ocurre con los eventos históricos antiguos, pero muchas fuentes sitúan el número de víctimas en decenas de miles, en una Venezuela mucho menos poblada, con ciudades pequeñas y construcciones de adobe, tapia, bahareque y mampostería vulnerable. En términos per cápita, aquello supuso una ruptura civilizatoria. Además de sacudir la Primera República, destruyó la infraestructura y con ella la forma de habitar, gobernar, rezar y sobrevivir. Así pues, si se compara la cifra de fatalidades con la población afectada, 1812 conserva una gravedad histórica difícil de superar.

Ahora bien, reconocer esa diferencia tampoco minimiza la gravedad de la situación actual. Al contrario, la ordena. Estos nuevos terremotos nos obligan a examinar el país construido durante los siglos XX y XXI. En él se revela una verdad pocas veces expresada, y es que muchas edificaciones resistieron. Miles de columnas, vigas, pórticos, muros, juntas, cimientos y detalles constructivos cumplieron silenciosamente su función. Mientras la conversación pública se centra, con razón, en los edificios que no resistieron, la ciencia debe recordar también los que sí lo hicieron y protegieron vidas. Esos edificios pueden no ser noticia, pero son una prueba.

Por tanto, la ingeniería sismorresistente debe ser juzgada no solo por sus derrotas visibles; debe examinarse en su totalidad. Allí donde hubo colapsos, se debe investigar el diseño, el tipo de suelo, la construcción, el mantenimiento, las modificaciones realizadas sin autorización, el deterioro natural, la calidad de los materiales empleados y la gestión de la obra. Sin embargo, donde hubo daños reparables, evacuación segura o continuidad funcional, se deben reconocer los aciertos en las normas, el cálculo, la supervisión, la labor técnica y el aprendizaje acumulado desde 1967. La prevención rara vez recibe aplausos, ya que su éxito consiste precisamente en evitar que ocurra una tragedia.

La experiencia de otros países ofrece una lección muy clara. En 1976, el gran terremoto de Tangshan (China), de magnitud 7,5, produjo una de las mayores catástrofes sísmicas del siglo XX. Sin embargo, en Qinglong, una localidad cercana, la combinación de ciencia, vigilancia, organización, comunicación pública y decisión administrativa permitió reducir de manera extraordinaria el número de víctimas (solo una persona), a pesar de que 180.000 construcciones colapsaron. Así la vulnerabilidad deja de ser un destino inevitable.

Por ello, en nuestra Quinta República, la ciencia debe seguir subiendo la escalera perpetua de la excelencia. Cada peldaño salva a alguien que nunca sabrá que fue salvado. El próximo objetivo ético de Venezuela debe ser claro: que cualquier nuevo suceso encuentre más y mejor ciencia, construcciones más seguras, mejores datos, instituciones más sólidas y una ciudadanía más comprometida. El saldo perfecto es cero víctimas. Parece una aspiración elevada, ¡lo es! Pero toda nación que aprende de su dolor tiene derecho a convertir la memoria en método y el método en protección.

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Nota al pie: invito a visitar o descargar el Atlas Sismológico de Venezuela, que publicamos en octubre de 2023, en www.funvisis.gob.ve/atlas_sis.php. Es sumamente esclarecedor y singularmente educativo.

 

Roberto Betancourt A.
@betancourt_phd