Alrededor de 900 protestas pacíficas han estallado simultáneamente de costa a costa en Estados Unidos. La jornada, denominada «Free America Walkout», marca un punto de inflexión en el rechazo masivo a la agenda de Donald Trump, tras un año de mandato que ha golpeado con especial dureza a comunidades inmigrantes, familias de bajos recursos y sectores vulnerables.
La magnitud de las concentraciones refleja una sociedad civil que, lejos de la resignación, ha decidido tomar los espacios públicos para denunciar una deriva autoritaria que ha fracturado el tejido social del país.
Desde las 14:00 horas, miles de ciudadanos respondieron al llamado a la desobediencia civil, abandonando sus puestos de trabajo, escuelas y comercios en un acto de resistencia coordinada. El objetivo de la jornada no es solo protestar, sino interrumpir activamente las rutinas cotidianas que sostienen el sistema actual, enviando un mensaje contundente contra los métodos de fuerza y el aislamiento diplomático que hoy caracterizan a Washington. Para los organizadores, la premisa es clara: una «América libre» solo es posible cuando la ciudadanía deja de cooperar con prácticas que califican de fascistas y represivas.
El despliegue ciudadano ha sido la respuesta directa a un clima de creciente militarización y vigilancia masiva. Los manifestantes denuncian una escalada en las redadas comunitarias y una política de separación de familias que ha sembrado el miedo en el corazón del país. En este contexto, la movilización de hoy se ha convertido en un espacio de organización y apoyo mutuo, donde se cuestiona el uso del miedo como herramienta de control social por parte de una administración que, a un año de su inicio, parece haber priorizado la represión sobre el bienestar ciudadano.
